- Y tú, rubita, ¿qué has quemado en la hoguera?
Me volví comprobando que era esa Inés de las incrustaciones metálicas. Se estaba secando con una toalla y un simple vistazo confirmó mis sospechas del inicio de la noche. Llevaba pendientes enpezoes, ombligo y seguroque mantenía otros más ocultos.
"Ésa la ha tomado conmigo", me dije decidiendo si conestarle o no. Estaba cansada de la noche y no de muy buen humor. Quise ser amable y respondí:
-Nada.
-Te equivocas -Repuso sonriendo-. Has quemado unos zapatos de lujo.
-¿Qué? -pensé que me estaba gastando una broma.
-Que la lección de esta noche es que se puede andar por el mundo sin unos zapatos de doscientos euros -la muy cabrona se mostraba triunfante-. Los eché al fuego cuando te metiste en el agua.
-Me estás tomando el pelo.
-No rubita. Ya verás cómo descalza se anda mejor.
Estaba segura de que bromeaba. Pero me acerqué a la hoguea, que aún ardía en algún punto, y por el lado donde había dejado mi ropa, allí estaban mis zapatos, entre brasas, uno chamusado y el otro hecho carbón, oliendo a cuerno quemado. Incluso viéndolo me costaba creerlo.
La tipa se reía, supongo que comentando su hazaña con los de su pandilla. Debo reconocer que ella estaba en lo cierto. Sin zapatos se puede andar. Y también correr.
[...]
Oriol pasó el viaje a Barcelona riendo. Yo palpaba con los dedos de mis pies la goma del suelo del coche haciendo balance de la situación. Trogodita. Me había comportado peor que los trogloditas.
-¿Vas a poder andar por la vida sin zapatos de dosciento euros? -me increpó divertido.
Me uní a sus risas. La aventura valía muho más. Carpe diem.
Fragmento del capítulo 37 de "El anillo. La herencia del último templario"